La aportación de Fenimore Cooper

A pesar de que fue la obra que le dio fama, la novela El espía de James Fenimore Cooper es poco mencionada , al menos en comparación con su celebérrima obra El último mohicano (1826). Sin embargo, el libro aporta una serie de valores de interés para el género de novela de espionaje. En primer lugar, por la temprana fecha de su publicación: 1821. Teniendo en cuenta que la Guerra de independencia de las Trece Colonias americanas concluyó en 1783, sólo mediaban treinta y ocho años entre la recreación literaria y los hechos históricos, un periodo lo suficientemente corto -con la guerra anglo-americana de 1812 de por medio- como para que el autor recurriera a testimonios de protagonistas: la historia original se la contó un vecino y Fenimore Cooper llegó a ser amigo del marqués de Lafayette. De esa forma, aparte de que la información y ambientación que incorpora en su novela es veraz, también hace suyos muchos sentimientos y maneras de pensar de la época. Eso le da autenticidad a lo que El espía tiene de novela histórica, a pesar de su componente básico de obra romántica.

Tienen a su disposición una reseña de la novela publicada en el blog Crítica de Libros que ya es todo un clásico. Es un trabajo lo suficientemente completo como para no trasladarlo a este post. Sólo se añadirán aquí algunas reflexiones adicionales.

A pesar de que es una novela de espionaje bastante temprana, trata cuestiones del género con un enfoque bastante moderno. Eso resulta lógico si tenemos en cuenta que en América del Norte se originan algunos fenómenos de las guerras contemporáneas. La lucha contra los indios que acompañaba la expansión territorial de los colonos dio lugar a la formación de milicias y al desarrollo de la guerra irregular. Cabe recordar que el mismo George Washington fue nombrado en 1752 mayor y ayudante general de la milicia de Virginia, De la misma forma, los extensos territorios en los que se llevaban a cabo las operaciones, no siempre bien conocidos por los contendientes, hacían imprescindible el reconocimiento y la exploración, y eso no dejaba de ser una parte del trabajo de inteligencia militar, vulgo dixit, espionaje.

Pero lo que le da intensidad emocional a la novela de Fenimore Cooper es el carácter de agente doble del protagonista principal, el buhonero Harvey Birch. Perseguido a muerte durante todo el relato por los patriotas americanos, como espía de los ingleses, resulta ser, él mismo, agente al servicio de Washington. Y lleva ese papel hasta sus últimas consecuencias, por cuanto oculta esta condición incluso cuando la guerra ha concluido, al aceptar en silencio el deshonor de ser considerado de por vida un traidor a fin de no rebelar su verdadera misión y comprometer la red de agentes secretos de los republicanos. “Es usted el único que conoce mis agentes secretos y de su fidelidad depende no sólo el éxito que puedan obtener en sus actividades, sino la propia existencia de estos” -le explica Washington en la despedida. Pero cuando pretende recompensarle con un saquito de oro, el buhonero lo rechaza con determinación: “¿Cree usted acaso, que me he arriesgado tantas veces, que mis privaciones de todas clases, incluso el sacrificio de renunciar a una buena mujer y a unos hijos, la presencia amenazante de una muerte cercana en varias ocasiones, el frío y el calor, el hambre y la miseria y, sobre todo, el desprecio por parte de los que me rodean, cree usted, le repito, que todo eso lo hice por dinero?”

Y Harvey Birch guarda silencio hasta el día de su muerte acaecida, ya con setenta años, durante la guerra anglo-americana de 1812 por el control de Canadá. Tras una escaramuza en la frontera, el buhonero aparece muerto y se encuentra en su poder una carta escrita de puño y letra por Washington en la que se leía: “Razones políticas de suma importancia, y que afectan a la vida y bienes de muchas personas, han obligado a guardar secreto, hasta ahora, lo que en este momento se va a revelar. Harvey Birch ha sido siempre un servidor fiel y desinteresado de su patria. ¡Que Dios le dé la recompensa que no ha podido recibir de los hombres!”

De esa manera, Fenimore Cooper introduce en el relato una de sus temáticas favoritas: la moralidad. Pero también está ahí latente el valor específico que le otorgan los revolucionarios al espionaje, desde la guerra de independencia de los Estados Unidos -presentada a menudo como una verdadera Revolución estadounidense- hasta la Revolución bolchevique de 1917. El espía encarna en esas situaciones el papel de héroe abnegado que lo entrega todo por la causa, movido tan sólo por la motivación ideológica. La actuación clandestina ha sido decisiva a la hora de igualar fuerzas con el opresor y el sacrificio callado avala la trascendencia de la causa.