Oh, no, de nuevo un producto de la narrativa británica sobre Kim Philby, los Cinco de Cambridge, la Gran Traición Impensable, de los Grandes Pijos, que sigue siendo la temática por excelencia de la novela británica de espías. Ya la exprimió John Le Carré hasta que no pudo mas; John Banville resumió y desmitificó la esencia del asunto -una burbuja de pijos- en una sola novela magistral. A lo largo de los años se han acumulado los títulos que rebuscan entre los entresijos de una historia que nos conocemos al dedillo. Pero no es suficiente; hay que seguir explotando esa Perplejidad Inimaginable que remató, a partir del chasco de la fallida recuperación del Canal de Suez en 1956, a un Imperio que no asumía su final. Desde entonces no ha hecho sino saldar comercialmente la imagen de su Intelligence Service hasta llegar a la actualidad, cuando la prensa publica a su libre albedrío, día sí, día no, informaciones sobre la guerra de Ucrania «totalmente fiables», supuestamente suministradas por el infalible servicio de inteligencia británico. Como si un servicio de inteligencia hubiera nacido para ser una simple agencia de noticias de prensa.
Dicho lo cual, Espía entre amigos es una buena y hasta bonita serie, al margen de la narración de carácter historiográfico que es el libro homónimo de Ben Macintyre (Crítica, 2015). La reconstrucción de época, con su abundancia de papeles pintados, luces mortecinas y mucha caspa entre la brillantina, está muy cuidada, en la línea de la cinematografía británica. A veces, incluso nos deleita con alguna escena a lo Edward Hopper; la soledad compartida en ese mundo de mentiras y traiciones entre amigos íntimos de un mismo extracto, muy concreto y esquinado, de la alta sociedad.
En cuanto a la interpretación, la bordan los principales actores: Damian Lewis (espía cinematográfico, ya para siempre, desde Homeland, con su eterno rostro giocondesco convertido en la perfecta máscara del espía); Anna Maxwell Martin (en su perfecto papel de eterna niña vieja); y Guy Pearce, interpretando a un Kim Philby un tanto empanado. Tampoco debe olvidarse a Stephen Kunken en el papel de un personaje central: James J. Angleton, el spy master estadounidense.
Y ahora vamos a pasar a los aspectos positivos de la serie, que los hay, y son importantes.
El primero, la labor de montaje: una pequeña obra maestra. Gracias a ese sistema de patchwork de escenas interpuestas, encajando el presente y el pasado, las escenas distantes y cercanas, la historia funciona precisa como un reloj. Pura narrativa de espionaje. Bravo.
El segundo, el mensaje de todo el relato. Se nota que en nuestro país el género de espías no posee arraigo, y no sólo porque apenas se hayan publicado títulos de interés, sino porque en muchos casos se confunde novela negra con novela de espionaje. Y no, no son lo mismo. En la novela de espías, no importa descubrir al malo y sus maldades; es, principalmente, una narración de intriga o ficción política. A veces, incluso, como en el caso de Un espía entre amigos, se incluye una reflexión de filosofía política.
Veamos: en enero de 1963, Nicholas Elliott, oficial de alto rango del SIS/MI6, es enviado a Beirut, donde trabaja su amigo Kim Philby como espía, con cobertura de periodista. El papel de agente doble del traidor ha quedado claro tras la deserción de un agente del KGB soviético, que lo delató como tal. El papel de Elliott, protagonista de la serie televisiva que nos ocupa, es el de obtener la confesión de Philby. Sin embargo, éste logra escapar a la Unión Soviética desde la capital libanesa. A partir de ese momento, Elliott pasa también a ser investigado. ¿Por qué dejó escapar a Philby? En torno a esta pregunta se articula la trama de Un espía entre amigos. La respuesta se puede encontrar a partir del minuto 37 del último capítulo, que lleva a un final brillante de la serie.
Hay varias conclusiones en esos minutos. Primera, sobre la importancia que poseen los servicios de inteligencia en manejar los datos adecuadamente, a nivel de Estado. Una función que cierra el ciclo de inteligencia, tras la obtención de la información. Elliott, en un momento determinado admite que los oficiales del SIS han sido entrenados para sentirse por encima de la ley. Pero no para hacer su voluntad y corromperse -que es precisamente lo que hace Philby- sino para evitar males mayores. A otro nivel, los soviéticos hacen lo mismo: deciden desconectar al desertor, impedir que intente seguir jugando su juego, que ya no tiene que ver con la profesionalidad, sino con el disfrute patológico que le produce el engaño y la manipulación. Y esto último es ya una constatación explícita que hace Ben Macyntire en su libro, aunque en la serie se puede interpretar así cuando los sovièticos liquidan al equipo de la CIA que se ha puesto en contacto con Philby en Moscú, ante la rabia de éste, que planeaba manipularlos por su cuenta.
La segunda conclusión que se desprende del relato de la serie televisiva, es que con la caída de los Cinco de Cambridge en general y de Philby en particular, se empieza a desmantelar todo un sistema político, el de la derecha conservadora británica, basada en las old boys networks, que darán paso a una nueva generación de políticos y administradores, de procedencia social más humilde, personificados en Margaret Thatcher. Precisamente, al final de la serie, se recuerda al espectador que «la traición de Sir Anthony Blunt se mantuvo en secreto hasta 1979, cuando Margaret Thatcher le delató, en un discurso ante el Parlamento, obligando a la reina a desposeerle de su título de caballero».
En la serie, el personaje de Lily Thomas (protagonizado por Anna Maxwell Martin), la agente asignada por el MI5 para interrogar a Elliott, resulta ser ficticio. Pero, precisamente, ese personaje le da fuerza a ese último argumento, en su calidad de mujer sencilla, casada con un médico de color, tenaz y leal, y a priori marginada por los «amigos» de las clases altas, corruptos y arrogantes, los Robber Barons, que controlan el poder en el servicio de inteligencia británico.
Por cierto: ya jubilado, Nicholas Elliott terminó siendo un asesori personal de Margaret Thatcher en política internacional. Un dato significativo que nos ofrece el libro de Macyntire.
