Senderos que se bifurcan

Refiriéndose a Jorge Luis Borges,  el escritor y diplomático mexicano Carlos Fuentes, escribió: “Era el padre de la narrativa moderna en lengua castellana; todos le debemos un adjetivo, un espejo, una biblioteca, un sueño”.  A partir de ahí, bien se podría decir que Borges fue también el creador de la intriga metafísica. Y a su vez, dentro de ello, el autor de uno de los relatos de espionaje más perfectos que se hayan escrito, al menos desde el estricto punto de vista literario: “El jardín de los senderos que se bifurcan”. En no más de nueve páginas, Borges incluyó a toda una serie de personajes representativos de ese género: los espías Yu Tsun y Viktor Runeberg, el oficial de contrainteligencia Richard Madden y el  target Stepehn Albert. Aunque de forma supuestamente involuntaria, Borges hacía alusión a un escenario muy escasamente mencionado en las crónicas sobre la Primera Guerra Mundial: la controvertida participación china en la contienda, en el bando de la Entente, que en 1919 traicionará a la decadente potencia asiática en aras de la expansión japonesa. En el relato, sin embargo, el chino Yu Tsun trabaja al servicio de los alemanes, es decir, de Viktor Runeberg.

La trama del episodio se centra en una forma indirecta de entrega de información en el ciclo de inteligencia, es decir, en el  sujeto puro de cualquier relato de espionaje que se precie. Pero, como no podía ser de otra manera, todo el cuento es una “enorme adivinanza o parábola cuyo tema es el tiempo”, en palabras del mismo Borges, asunto que desarrolla con detenimiento la profesora Josefina Pantoja Meléndez, de la Universidad Nacional Autónoma de México

Y a partir de aquí, entramos en toda una serie de debates de ámbito filosófico, dado que el tiempo es  asunto central en buena parte de la obra borgiana: tiempo detenido, tiempo soñado, tiempo circular, tiempo bifurcado. El filósofo Gilles Deleuze utilizó “El jardín de los senderos que se bifurcan” para ilustrar “el concepto leibniziano de la existencia simultánea de varios mundos disjuntos”, según informa la entrada de Wikipedia dedicada al cuento, aunque también es cierto que Deleuze recurrió a Borges en varias ocasiones, comenzando por su propia tesis doctoral, Diferencia y repetición (1968).

En apariencia, estos conceptos son ajenos al relato en sí y Borges los introduce de manera algo forzada, a fin de reiterar sus obsesiones y preferencias en ésta como cualquier otra obra del mismo autor. Sin embargo, la problemática de la diégesis en el relato, de los paratextos y la intertexualidad -que analiza con detenimiento Josefina Pantoja- demuestran que “El jardín de los senderos que se bifurcan” termina por formar parte del corpus de la obra de Borges de forma orgánica e integral, con referencias posteriores a este cuento en otras narraciones y con la revelación de que se trata, en realidad, de una caja china en la cual se incluye un relato dentro de otro relato. Comenzando por el hecho de que El jardín de los senderos que se bifurcan es, en realidad (o sea, en la realidad del cuento) una novela imposible e inconclusa cuya redacción había emprendido T´sui Pên, un astrólogo chino (del cual Yu Tsun es bisnieto) que a la vez buscaba con ello imaginar un laberinto infinitamente complejo.

Imposible o muy difícil incluir más enigmas y paradojas en un texto tan exiguo como el que imaginó Borges ya en 1941, que hacen de “El sendero de los jardines que se bifurcan” un verdadero precedente de lo que debería ser un abordaje literario inteligente al relato de espionaje y que fue el precursor del universo borgiano que se compendió tres años más tarde en su obra Ficciones

Fotografía de cabecera: Labirinto della Masone, de Franco Maria Ricci