Arabistas y espías

En España no existe tradición de novela de espías ni de espionaje (dos conceptos un tanto diferentes). Esto no quiere decir que toda una serie de escritores no hayan abordado el género en los últimos años con desigual fortuna, pero el resultado final de todo ello es que no existen autores que hayan aportado un perfil de narrativa autóctona de calidad literaria comparable a las que se pueden encontrar en Gran Bretaña, Estados Unidos o incluso Francia. No existe un perfil de narrativa de espionaje española. ¿Por qué?

Una primera respuesta de tipo genérico es bastante sencilla. Los modernos aparatos de inteligencia surgen a) de la tarea de mantener el control en grandes imperios coloniales y de la consiguiente protección de las redes comerciales; b) de la insurgencia revolucionario en algunos países o de la necesidad de combatirla.

 El “desastre del 98” mostró claramente que todavía a finales del XIX España carecía de unos servicios de inteligencia modernos, capaces de ayudar a mantener los últimos restos de su Imperio. Esa situación se volvió a repetir en los conflictos militares y diplomáticos en Marruecos o en las situaciones de tensión internacional previas a la Primera Guerra Mundial. A pesar de lo cual, y el mismo CNI lo recuerda en su página web, “el primer intento de creación de un Servicio de Inteligencia en España se remonta a 1935, cuando el gobierno de la Segunda República se planteó la conveniencia de articular un Servicio de Información dependiente del entonces Ministerio de la Guerra. La vida de este Servicio fue, sin embargo, muy corta y su actividad prácticamente nula”.

Por ello resulta tanto más espectacular que la biografía de uno de los grandes agentes españoles de esa primera época la haya tenido que escribir un marroquí: Mourad Zarrouk, autor de “Clemente Cerdeira, intérprete, diplomático y espía al servicio de la Segunda República” (ed. Reus, 2017).

Intérprete jurado, linguista y diplomático, Cerdeira fue hijo de un guardia de la Legación española en Tánger, por lo que ascendió profesional y socialmente gracias a su profundo conocimiento de la cultura magrebí, hasta llegar a ser Cónsul General de España en Tánger, en 1936.  

Un hombre con tales conocimientos se convirtió en clave para el control del Marruecos español: Negociador en jefe con Mulay Ahmed al Raisuni, el “caudillo de los Yebala” y conocido por los lugareños como Abderrahmán Cerdeira al Andalusi, Cerdeira fue un verdadero “Lawrence de Arabia español” que  espió a la administración colonial francesa para servir a los intereses de los españoles en Marruecos y ayudó a armar a los guerrilleros rifeños para sublevarse contra los militares del bando nacional durante la guerra civil.

No fue el único: los Argila, padre (Jaime, 1873-1934) e hijo (Marcelo, 1905-1936) fueron otros prestigiosos arabistas que trabajaron para los servicios de inteligencia y Marcelo, de hecho, como Cerdeira, se embarcó en la misma misión de sublevar a los rifeños contra Franco. Más tarde, se convirtió en el jefe del primer servicio de inteligencia de la Generalitat, el SSI.

Así que el desinterés se extiende a los personajes, a las figuras literarias de los más variados perfiles, que permanecen tercamente ignorados.