Patriotas de sí mismos

Arturo Pérez-Reverte publicó en 2016 su novela Falcó, con la que iniciaba una trilogía ambientada en el mundo del espionaje en la guerra civil española. Los siguientes títulos fueron: Eva (2017) y Sabotaje (2018). A partir de las actividades del espía Lorenzo Falcó, al servicio del bando franquista, el autor construyó unas obras que parecían herederas directas de los folletines pulp de espías publicados en los años de la Segunda Guerra Mundial, al estilo de los de Peter Cheyney autor de la exitosa reconversión de las novelas de agentes federales vs. gángsters en otras de agentes secretos británicos vs. nazis, en una dinámica narrativa de continuidad: los buenos como cazadores de malos, muchos tiros y acción, y escasa presencia de la labor de inteligencia en las tramas, o incluso de procedimiento. No resultó extraño que Raymond Chandler alabara con entusiasmo la primera novela de la serie, Dark Duet, en 1942.

Pérez Reverte hace algo similar en su trilogía sobre Falcó, apellido que nos trae a la memoria la célebre novela de Dashiell Hammett, El halcón maltés, y de rebote al protagonista de la versión cinematográfica de esa obra (dirigida por John Houston, estrenada en 1941) protagonizada por Humphrey Bogart interpretando a Sam Spade.

Así que Lorenzo Falcó es Sam Spade-Humphrey Bogart, va de “Bad-Good Boy”, hay gabardinas, sombreros de fieltros, mucho tío duro y descreído, chicas algo vamps y los escenarios de la guerra civil española recuerdan un tanto a San Francisco, Chicago, Las Vegas (¿Biarritz?) y Tánger-Tijuana.

En conjunto, el ambiente de la trilogía de Falcó es un tanto de cartón piedra, y la lógica narrativa de las tramas recuerda a las de los clásicos de la novela negra americana de los cincuenta.. Pero con esas novelas Pérez-Reverte le hace un favor a la narrativa española de espionaje porque al “hammettizar” (o “chandlertizar”) la guerra civil española rompe hasta cierto punto la maldición del eterno enfrentamiento fratricida-fatídico. Como es un “Bad-Good Boy”, Falcó no cree en nada, va a la suya, es un “patriota de sí mismo”; y su jefe, el Almirante, es como el comisario jefe que sólo busca resolver las papeletas de la forma más profesional y desapasionada, sin apegos ideológicos. Las filias y fobias son una cuestión personal, no vienen de la identificación con los bandos en liza. Los idealistas, ingenuos perdidos e incluso estúpidos, son manipulables por los profesionales del ramo.

De esa forma, el autor consigue colocar en el mercado editorial un producto de éxito, sorteando el gran estigma que marca el desinterés (aparente) de autores y editores por el género del espionaje en España: el de unos servicios de inteligencia que históricamente no han servido para defender al país frente al exterior, sino que han estado al servicio de interés políticos de unos y otros.