Así te vigilaba Snowden en el siglo XXI

A no dudar, la autobiografía de Edward Snowden tiene sus cualidades literarias. Y desde luego, se puede leer, sin ningún problema como un relato de espías, sólo que su autenticidad es aplastante. Demasiado. Es la gran paradoja de la narrativa sobre inteligencia y espionaje: la realidad suele superar la ficción. Y es que en cierta forma debe de ser así: lo más novedoso es lo más real en el mundo de los servicios secretos, puesto que la imaginación y la sorpresa son la clave del éxito o la supervivencia. Pero precisamente por ello, no es normal que tales armas secretas -o las más lamentables carencias o fracasos- sean desveladas en la narrativa al uso. Por ello, sólo la memorialística -presumiblemente la no autorizada- o la filtración, pueden ser la el relato más real.

“Yo nací en 1983, cuando se acabó el mundo en el que la gente ponía la hora por sí sola”. Así arranca la biografía de Edward Snowden, Vigilancia permanente (2019). ¿Quieren leer un relato sobre cómo es realmente el espionaje del siglo XXI?¿Cómo la NSA espió más de sesenta (60) millones de llamadas telefónicas de ciudadanos españoles en menos de un mes? Una verdadera puesta al día sobre la tecnología de la “vigilancia permanente”, si. Pero a la vez un relato que se deja leer muy bien, escrito por un hombre normal y corriente, ni guapo ni feo, ni genial ni estúpido. Un técnico anodino, como el protagonista de El inocente, de Ian McEwan, que sin saber muy bien cómo, termina en primera línea del espionaje de alto nivel, y ello sin ser realmente un espía, sino un contratado externo. Precisamente, el problema estaba, nos cuenta el autor, en qué hacer con los que hasta hace poco eran oficiales de inteligencia “clásicos”, funcionarios del Estado, los “gobis”, cuyos mínimos conocimientos técnicos ya no les permitían resolver problemas por su cuenta.

Pasen y lean sobre el mundo de la inteligencia de Estado externalizada en la América neoliberal y dependiente de los contratistas. Si, hay factor humano a raudales, en medio de la tecnología punta. Comenzando por el mismo Snowden, que hace como Maurice Castle en El factor humano de Graham Greene: desertar cuando su conciencia ya no puede sobrellevar sus dudas sobre los límites de la lealtad y la moralidad. Desde ahí hasta la trivialidad de “Frank”, un empleado contratado por ser de los pocos que aún saben manejar tecnología informática totalmente obsoleta para hacer copias de seguridad por la noche. Sólo eso.

Y no es ficción. Son personajes reales, de carne y hueso, nadando cada día en la charca de unas situaciones inconcebibles pero normalizadas y hasta banalizadas.

Ya desde las primeras páginas encontramos apreciaciones agudas de su autor sobre su generación, sobre el impacto social y sicológico del arranque de internet en todos aquellos críos nacidos a comienzos de los años ochenta; es decir, sobre el boom de la globalización a mediados de la década de los 90s. Pero resulta mucho más interesante, si cabe, su detallada explicación, basada en su propia experiencia personal, sobre cómo funcionaba la externalización de una volumen cada vez más abultado del empleo en la CIA y la NSA, sobre todo a a partir de que el presidente George Bush lanzara la “guerra mundial contra el terrorismo” a raíz de los atentados del 11-S en el años 2001.

Por lo tanto, un relato de impacto, una muestra más de que la realidad supera a la ficción en el mundo del espionaje y también por ello un documento de gran interés historiográfico.