El caballero muerto dentro de su armadura

La Casa Rusia es una de las novelas mas conseguidas de John Le Carré porque logra integrar y llevar a buen puerto los elementos narrativos centrales de su obra. De un lado, la historia de una operación ofensiva de espionaje: no se trata de desenmascarar a ningún topo, la narración de Le Carré se desprende de su componente “defensivo” y básicamente policial: echarle el guante al malo. No, en La Casa Rusia, el MI-6 intenta averiguar cuáles son las capacidades militares reales de una URSS que, con Gorbachov en el Kremlin se estaba abriendo a la ”Perestroika” y a una concordia con Occidente que los halcones de entonces consideraban era mero tacticismo.

El McGuffin de la novela son unos documentos probatorios de que la Unión Soviética es “un cadáver dentro de su armadura”, enviados a Londres por un científico soviético a través de una amiga que es una de las protagonistas de la novela.

El otro puntal de la novela es una historia de amor, la gran asignatura pendiente de Le Carré desde que pinchara en El amante ingenuo y sentimental. En La Casa Rusia la historia entre el editor inglés metido a espía y su contacto ruso funciona con fluidez y se conjuga eficazmente con la trama de la misión. La importancia de esa dimensión amorosa en la narración queda más que patente en la versión cinematográfica de la novela (Fred Schepisi, 1990), donde un Sean Connery y una Michelle Pfeiffer se comen toda la pantalla y la historia entera.

Last but not least, la historia de amor termina bien, cosa no habitual en las novelas de Le Carré. Quizás ello está relacionado con el trasfondo histórico de ambos personajes. Barley acepta la misión porque no tiene ya nada que perder, y bien podría se Gran Bretaña a mediados de los ochenta. Katya lanza el juego porque tiene todo que ganar, como la nueva Rusia. Así que John Le Carré se permite un aliento de esperanza en una novela que cerraba toda una etapa en ese enfrentamiento que había descrito a lo largo de la Guerra Fría que estaba ya concluyendo.

Por lo demás, en relación a su trasfondo histórico, La Casa Rusia denotaba algunas incongruencias. La época de su desarrollo parece que debía ser forzosamente anterior a la catástrofe de Chernóbil, en abril de 1986 -no se habla nada de ese sucesos en la novela, lo cual fue por sí mismo probatorio del mal estado de la tecnología soviética- y tuvo que ser posterior a la llegada de Mijail Gorbachov al Kremlin, en marzo del año anterior. Ahora bien, aunque pronto se empezó a hablar de la “Perestroika”, cuyos efectos se perciben en la ambientación de la novela, de hecho se puso en marcha oficialmente a partir del XXVII Congreso del PCUS, en febrero-marzo de 1986, muy poco antes del reventón de Chernóbil. De otra parte, para entonces es más que posible que la NSA, a través de la red ECHELON, tuviera monitorizadas buena parte de los sistemas de comunicaciones soviéticos -algo que está comprobado para 1991- y en ese caso, como parte del tratado UKUSA, Gran Bretaña habría estado bien informada sobre el estado del “caballero soviético” dentro de su armadura.

Por lo tanto, una operación de espionaje algo anticuada para la época pero, a la postre, una historia emocionante para una concepción romántica del espionaje.