Una novela kafkiana

Estamos ante una obra ciertamente singular. Pertenece a la categoría de las “novelas de espías fuera de género” pero es un producto mucho más sofisticado y literariamente atractivo que las obras sobre espías de Javier Marías. Se trata de la novela de Jean Echenoz, Enviada especial (Anagrama, 2017; Raig Vert en catalán).

Es, ante todo una novela cruel. Pero no descarga ese desajuste sicológico sobre el mundo de los espías únicamente, sino que lo extiende también a los otros personajes de la obra. Porque en realidad, la chaladura del oficial que planifica la operación, así como la de sus adláteres puede convertirse en operativa, al fructificar sobre una sociedad que, en conjunto, también está tocada por su egoísmo, por su narcisismo, por todo eso que es desconexión de la realidad. Cuando la acción se traslada a Corea del Norte, los personajes de Enviada especial encuentran la horma de su zapato.

Y es que la novela posee un evidente estilo kafkiano. El generalizado ambiente de pesadilla, el laberinto de acciones incongruentes que se superponen, e incluso el maniático detallismo distorsionador de los entornos, nos remiten al Proceso o al Castillo del genial autor bohemio, con la oportuna digresión sobre la chaladura del poder.

Con todo, la obra tiene un trasfondo creíble, porque en el mundo del espionaje real no son nada extrañas las situaciones disparatadas y porque una novela tan conocida como El espejo de los espías de John Le Carré, por ejemplo, parte asimismo de una operación disparatada organizada por personajes muy similares al general Bourgeaud y su lugarteniente Paul Objat pero con pretensiones de total realismo.

Por otra parte, Enviada especial también nos remite a la construcción argumental de Bajo los montes de Kolima, de Lionel Davidson, en la cual no nos importa que lo imposible parezca factible. O sea que puede ser. Que si, que existen personajes grotescos que manejan tanto poder que sólo saben hacer tonterías con él, para pasar el rato.

“Habida cuenta de su antigüedad y su jerarquía, poco a poco fueron descargándole de sus responsabilidades, si bien, en consideración a los servicios prestados, se le permitió seguir utilizando su despacho y a su ordenanza, y se le mantuvo el sueldo íntegro, aunque no su coche oficial. Como no se resigna a que se lo quiten totalmente de encima, Bourgeaud sigue montando algunas operaciones de tapadillo para no oxidarse. Para ocuparse con algo. Para el bien de Francia” (edición Kindle, posición 66)

Esa es la grandeza del tratamiento literario de calidad aplicado al género de espionaje. Que a partir de los retratos humanos, del genero escogido, cualquiera que sea, de los modelos o inspiraciones, que pueden ser muchos y variados, el autor traslade al lector a una realidad paralela a la normal y habitual para hacerle abrigar serias dudas sobre la imposibilidad de tal universo.

Eso es divertido proponérselo y desde luego parece un desafío literario atractivo. Pero llevarlo a cabo y que salga bien -se venda mucho o no- es otra cosa. Es la diferencia entre ofrecer hamburguesas “signature” en una cadena de cocina rápida o prerparar gastronomía francesa como patrimonio cultural inmaterial.